Aquel baño era estrecho e incómodo y a ambos nos estaba dejando agotados llevar el ritmo sin resbalar por la superficie. El chaf chaf que hacía su cuerpo al entrar y salir del agua me estaba poniendo nervioso y no quería estropearlo, así que aproveché uno de sus saltos para acercarla todavía más y poder alzarla conmigo.
Me levanté con esfuerzo intentando no escurrirme y me las apañé como pude para llegar hasta mi habitación. El bamboleo que hacía mi cuerpo al andar fue nuestro nuevo ritmo durante aquel agónico trecho que había hasta mi habitación.
Una vez allí, la tumbé sobre la cama y coloqué una de sus piernas sobre mis hombros. Empujé de nuevo y volvieron los jadeos, los suspiros, los gemidos... la cabeza me daba vueltas de puro placer.
Cuando terminamos, rendidos los dos sobre la cama, me giré hacia ella y la atraje hacia mí. Apoyé mi cabeza contra su pecho, colocándome de tal forma que no le hiciese daño. Había más claridad en la habitación, pero apenas molestaba.
No fui consciente de que el sopor me llevaba, mis ojos se cerraron mientras aún contaba los latidos de su corazón.